Monday, 2 November 2009

El problema estaba también en que el mundo, a veces, le parecía demasiado ruidoso. Y entonces tenia que taparse los oídos y esperar, esperar para poder oírse a si misma. Es que eran tantas las voces en nuestras cabezas... A veces le sorprendía que la gente seguira gritando a los demás, creando más y más voces, o haciendo renacer las que ya existían. No podía explicar para qué o porque, pero lo cierto es que a la gente le gustaba repetir las voces, las mismas voces que a lo mejor les habían molestado toda una vida sin que si hubieran dado cuenta.

La voz de su cerebro solía callarse si las demás voces insistían en hablarle a la vez y sin la voz de su cerebro, ella no podía reaccionar. Por eso a su compañero le pedía varias veces que no se uniera al coro de voces, pero él, a menudo, se olvidaba. Y lo que la exasperaba, no era tanto que se lo olvidara o que no pudiera resistir al impulso de hablar. Lo que la exasperaba era lo mismo que la sacaba de sus casillas en tantos otros humanos: la total y absoluta falta de conciencia.

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